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Brotes:
VOX fuerza a la Comisión Europea a reconocer el escándalo de corrupción de Begoña Gómez y a amenazar con recuperar los millones europeos bajo sospecha
La Comisión Europea ha reconocido a VOX por escrito por primera vez que está al corriente de la investigación abierta por la Fiscalía Europea contra Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, por delitos de malversación, tráfico de influencias y prevaricación en contratos públicos financiados con fondos europeos.
La respuesta llega tras las preguntas parlamentarias presentada por VOX en la que señalaba que a la compañía respaldada por Gómez se le adjudicaron tres lotes por valor de 10,2 millones de euros con cargo al Fondo Social Europeo y a NextGenerationEU.
VOX preguntó expresamente a la Comisión: «¿Tiene la Comisión conocimiento de los casos que están siendo objeto de investigación por parte de la Fiscalía Europea relacionados con Begoña Gómez?
¿Ha notificado la Comisión a la OLAF sobre este asunto y solicitado información a las autoridades españolas para garantizar la protección del interés financiero de la Unión?
¿Iniciará la Comisión los procedimientos reglamentarios de recuperación de los fondos públicos en caso de probarse que se adjudicaron irregularmente?».
En su respuesta, la Comisión confirma que está al corriente del caso y que ha mantenido contactos con la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude (OLAF) y con las autoridades españolas para evaluar el impacto de la investigación en los fondos europeos implicados.
Además, advierte de que, si se confirman irregularidades en la adjudicación de los contratos, activará los procedimientos para suspender de inmediato los pagos y proceder a la recuperación de todo el dinero afectado.
Así, Bruselas pone bajo amenaza directa de bloqueo los fondos europeos vinculados al caso, marcando un precedente en la relación entre la Comisión y el Gobierno en un asunto que afecta directamente a la esposa de Sánchez.
Brotes:
¡Predicciones electorales!18.12.2025.-
La indeterminación última de la sociedad, clave de toda experiencia democrática, está herida en Extremadura. Los resultados de la elección del próximo domingo son tan predecibles como injustificada fue su convocatoria. Pocas enseñanzas pueden extraerse de lo que ocurra el domingo en las elecciones autonómicas de Extremadura.
Sin embargo, algunos aspectos de este proceso electoral pueden ser relevantes para el futuro. La chulería de la señora del PP convocando elecciones, despreciando posibles pactos con VOX, solo es comparable a la impostura de Sánchez poniendo como número uno de la lista socialista a un señor imputado por la justicia. Solo por eso, porque los políticos profesionales del bipartidismo juegan con los ciudadanos, deberíamos tomarnos con cierta dejadez el rollo de esta elección. Ganarán los mismos partidos que triunfaron en los anteriores comicios.
El perdedor será otra vez el PSOE. Algo parecido podrá decirse muy pronto sobre las elecciones en Aragón, donde un presidente autonómico, que tiene buenos tratos con un paracaidista de la política que le dio a Sánchez un gobierno nacional, ha convocado elecciones para febrero sin otra justificación que no pase por demonizar a VOX.
La estrategia adoptada por los dirigentes «nacionales» del PP no solo es discutible, sino que también podría volverse contra ellos. Pero allá el PP con sus chanchullos partidarios, o sea con poner delante los intereses del partido a los de la nación. Tratan de desgastar a Sánchez, dicen estos listos, como si no estuviera ya suficientemente quemado.
Cualquier cosa es buena para los del PP, salvo hacer una moción de censura en el Congreso. Tampoco contemplan la posibilidad de cortar todos los lazos que tienen con el PSOE en España. Menos aún se plantean cuestionar que el PSOE forme parte del núcleo duro del grupo los populares en la UE… Todo en el PP es políticamente correcto. Solo esperan que les llegue el poder por desgaste del adversario.
Las elecciones de Extremadura, sí, eran tan innecesarias para los intereses generales como serán el próximo año las de Aragón. En verdad, ninguna elección al rollo de las Autonomías deberían ser tomadas demasiado en serio para la gobernabilidad de la Nación. ¡La Nación! He ahí el problema. Para los del PP como para los del PSOE la Nación es un asunto de segundo orden.
Se agarran a la Constitución como un clavo ardiendo, o mejor, como a una navaja trapera para utilizarla contra todos aquellos que mantenemos que las Autonomías son el cáncer de España. En fin, mientras no se reforme por entero el Título VIII de la Constitución, no hay más remedio que darle categoría de "gobierno" a lo que no son otra cosa que elecciones a mesogobiernos regionales dependientes, o mejor, tendrían que ser siempre dependientes del Gobierno central.
En este contexto desgraciado de España, donde el Estado de Partidos desprecia el Estado-Nación, la cosa de Extremadura es sencilla de analizar. Digamos lo esencial sobre los líderes, los partidos y los discursos en liza. Los perfiles de los cabezas de lista, o sea de los líderes, son fáciles de describir. El candidato del PSOE es un imputado por la Justicia. La candidata del PP fue la principal culpable de que el PP no sacara la mayoría suficiente en las elecciones generales del 2023. El candidato de VOX parece un tipo normal, pero le está haciendo la campaña Santiago Abascal. Los otros partidos no cuentan. El PSOE da por perdida la batalla de Extremadura. El PP duda sobre el porvenir de su candidata. Y VOX espera los mejores resultados.
Los discursos de la campaña electoral, si dejamos aparte el de VOX, son fáciles de retener. Los socialistas repiten como papagayos que, frente a los fachas, siempre estará el PSOE. Es un vulgar engrudo de partido totalitario. El PP no asiste a los debates con los otros candidatos y anuncia en plena campaña electoral, se dice pronto, paguitas y sinecuras para los autónomos, y promete dar el carnet de conducir gratis para los jóvenes. ¡Qué horror! Mientras tanto, los de VOX, o sea, Abascal sobresale porque apela a la nación, a la soberanía nacional; dice lo mismo en Extremadura que en Murcia y Cataluña…
Con esos pocos datos a la vista, y sin ánimo de hacer demagogia, o sea de reducir la complejidad de un proceso electoral a una obviedad, parece que los resultados son bastante predecibles. La cosa se juega entre VOX y PP. Solo resta una preguntita: ¿sacará mayoría absoluta el PP?, o mejor, ¿para qué ha convocado elecciones la señora Guardiola? Quizá para mostrar músculo partidario. Es posible. Pero algo le ha salido mal, pues parece indiscutible no solo la subida de VOX, sino que el liderazgo de Abascal sale muy reforzado. VOX, sí, tiene un discurso nacional para sacar a este país de la ruina.
Agapito Maestre.
Saude Pavón:
La derecha ante el espejo: Entre la supervivencia real y la ficción del centro30.04.2026.-
La parálisis de Génova ante Vox: Por qué el miedo al qué dirán de la izquierda condena a la derecha a ser el guardián de la herencia de Sánchez
España no se rompió en Valladolid, ni en Zaragoza, ni en Mérida. A pesar de la narrativa mediática que maneja la Moncloa con una eficacia digna de mejor causa, la entrada de Vox en los gobiernos regionales de Castilla y León, Aragón y Extremadura no supuso el fin del entendimiento, sino el inicio de una normalidad sorprendente. Allí, lejos de los titulares inflamados y el estruendo de las tertulias madrileñas, el Partido Popular y Vox se han convertido en socios reales.
Tienen programas definidos, carteras compartidas y una gestión previsible que atiende a la ley y al presupuesto, no al eslogan. La alianza no es un capricho de campaña; es una estructura de poder operativa que demuestra que, cuando se pisa la tierra, la coalición no socava la institucionalidad, sino que la refuerza frente al caos.
Sin embargo, cuando uno asciende por la carretera nacional hacia Madrid, esa claridad se difumina en una niebla de complejos. En la capital, el Partido Popular parece habitar otro universo, una suerte de ecosistema burbuja donde la realidad aritmética se rinde ante el pánico a la crítica ajena. Por un lado, se reconoce en privado la utilidad de Vox en el poder regional como garantía de estabilidad; por el otro, se teme que proyectar esa misma foto a nivel nacional le arrebate esa respetabilidad que tanto anhela el poder establecido. El PP sufre lo que podríamos llamar una disonancia cognitiva política. Acepta la realidad allí donde gobierna, pero la niega allí donde aspira a hacerlo, pagando un precio estratégico cada vez más caro: La orfandad de su propio electorado.
El laboratorio de la normalidad y el miedo al tribunal
El gran error de la izquierda, y de una parte de la derecha mediática, fue creer que la formación de gobiernos regionales con Vox supondría un colapso de la convivencia. La realidad ha sido mucho más prosaica y decepcionante para los agitadores. En las comunidades, el PP no ha necesitado medias tintas. Ha pactado, ha repartido carteras y ha aprobado presupuestos con sus socios naturales. El ciudadano que vive en un pueblo de la meseta o en una capital extremeña no está en las barricadas; se ha acostumbrado a ver que la teatralidad electoral desaparece cuando se entra en la sala del consejo de gobierno para hablar de regadíos, de infraestructuras o de impuestos. Allí, la política recupera su dimensión de servicio: Gestionar lo común, no construir escenarios mediáticos.
Pero en Madrid, el PP nacional actúa como si tuviera que comparecer cada mañana ante un tribunal invisible que ya lo ha condenado de antemano. Ese tribunal no emite sentencias jurídicas, sino morales. Está compuesto por los terminales mediáticos de la izquierda, las ONG que sostienen el relato globalista y esas instituciones europeas que consideran que el “centro” es una categoría moral superior y exclusiva.
Allí, el PP adopta una actitud de timidez que contrasta con la firmeza con la que el PP local gestiona su día a día. Esa contradicción genera un vacío, el votante empieza a sospechar que el partido no es el mismo en todas partes, y que la moderación en Madrid no es una estrategia de seducción, sino una forma de debilidad ante el marco mental del sanchismo. Se proyecta la imagen de una derecha que pide perdón por existir antes de proponer.
La trampa del centro como paisaje moral
Es necesario clarificar conceptos para no caer en la confusión semántica que tanto beneficia al bloque del progreso. El “centro” no es un espacio político neutro; la izquierda lo ha convertido en un paisaje moral. Para la derecha, el centrismo suele ser la búsqueda de un punto medio, un ejercicio de equilibrio administrativo. Para la izquierda, en cambio, el “centrismo” es el lugar donde la derecha se rinde. Cuando la élite dominante exige “moderación” al PP, no le está pidiendo que sea institucional; le está exigiendo que renuncie a sus principios y deje de cuestionar el marco ideológico que ellos han construido.
Gramsci describió la hegemonía como la capacidad de una clase para hacer que sus valores particulares parezcan naturales para toda la sociedad. Si la izquierda ha identificado el “centro” con la moralidad universal, proponer fronteras claras, identidad nacional o soberanía económica pasa a ser etiquetado como “extremista”. El PP hoy repite la tensión que vivió la derecha europea en los años 80: Fiel al orden institucional, pero ajena a la batalla de valores. Se gana el Gobierno, pero se pierde el poder; se administra el BOE, pero se obedece a la cultura impuesta por quienes dictan qué es “decente” y qué es “intolerable”. El resultado es una gestión eficiente de la herencia del adversario, pero nunca una alternativa que cambie la realidad. El PP corre el riesgo de convertirse en el guardián de un sistema que ya no entiende a quienes lo votan.
El divorcio: El país oficial frente al país real
El verdadero conflicto en la España actual es el abismo que separa al país oficial del país real. El país oficial es el de los discursos sobre la Agenda 2030, los informes de sostenibilidad de Bruselas y la solidaridad abstracta financiada con el esfuerzo ajeno. Es una España que se mira en el espejo de las élites globales y que considera que el arraigo es un atavismo a superar por la modernidad líquida.
Frente a él se levanta el país real. Es el país que pisa el barro y abre la persiana en los polígonos industriales. Es el agricultor manchego que ve cómo el Pacto Verde le prohíbe producir mientras los lineales se llenan de productos de terceros países que ignoran las exigencias fitosanitarias. Pero es también el autónomo que ve cómo los recursos públicos se concentran en proyectos “verdes” que nunca llegan a su negocio, o el progenitor de un barrio trabajador que ve cómo el fracaso escolar se vuelve normalidad mientras los fondos se destinan a narrativas ideológicas antes que a aulas seguras. Es el votante que ya no cree en la figura política, sino en los hechos. No se trata de ideología; se trata de supervivencia.
La reforma electoral como cuestión de soberanía
Si hay un punto que revela la parálisis estratégica de la derecha es la reforma de la Ley Electoral. El sistema actual ha mutado en una anomalía que permite que partidos residuales secuestren la gobernabilidad nacional. Hemos aceptado como normal que el chantaje sea la forma permanente de hacer política, donde el interés de pequeños partidos con un peso desproporcionado se impone sobre el bien común. El ciudadano de Soria, Jaén o Teruel ve con estupor cómo su voto vale menos que el de quien aspira a destruir la nación que le otorga su escaño.
Exigir una reforma que devuelva la proporcionalidad al voto es una necesidad democrática elemental. El PP que se resiste a tocar este sistema por miedo a romper los equilibrios de 1978 está permitiendo que la gobernabilidad siga en manos de quienes quieren desconectarse del proyecto común; ya sea mediante la secesión política o el rechazo a la soberanía nacional. Defender la reforma electoral es, en última instancia, defender la soberanía del pueblo español frente al mercadeo constante de las minorías territoriales.
La hora de la sinceridad estratégica
La derecha española no tiene un problema de aritmética. Los números para una alternativa sólida existen. El problema es de identidad y de valentía, de la voluntad de reconocer que la realidad política ya ha cambiado. Sánchez no es fuerte por sus propios méritos, que se limitan a la resistencia cínica, sino por la indecisión de quienes aspiran a sustituirlo.
Pactar con Vox no debe presentarse como una claudicación, sino como un acto de sinceridad estratégica. El PP duda ante carteras vinculadas a la seguridad o el control migratorio no porque su base las rechace, sino porque teme el titular de la élite dominante. Negar la alianza por miedo a la foto es un profundo autoengaño. La mayoría social de la derecha solo es viable bajo la suma de sus sensibilidades. La sinceridad estratégica implica admitir que el adversario no es el aliado de bloque, sino el proyecto de ruptura que hoy habita en el palacio de la Moncloa.
La elección final
No estamos ante un debate táctico sobre siglas. Lo que está en juego es la posibilidad de que España siga siendo una comunidad política soberana, capaz de proteger sus sectores productivos y garantizar el orden en sus calles. El tiempo de los equilibrios estéticos ha terminado.
Podemos seguir jugando al juego de la moderación estética mientras el sector primario es sacrificado en el altar de la agenda verde. El Partido Popular puede seguir buscando el titular amable que lo califique como “partido de Estado” a cambio de que no cambie nada. Pero la respetabilidad no calma el hambre, ni restaura la soberanía del voto.
La elección que queda es tan simple como devastadora: España o la ceremonia. ¿Prefiere usted ser aceptado por un sistema que le desprecia, o ser útil a una nación que le necesita? ¿Prefiere administrar la decadencia para no incomodar al poder establecido o gobernar España con lealtad a la realidad?
El tiempo de titubear se ha agotado. La realidad ya está llamando a la puerta, Usted decide si abrimos paso a una reconstrucción real o si contemplamos cómo se apagan las últimas luces de una España que se reconoce a sí misma.
Usted decide qué hará ante esta realidad.
Saude Pavón @SaudePavon saudepavona@substack.com
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