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Noticias Internacionales / Re:SITUACIÓN EN VENEZUELA
« Último mensaje por Nelson Chitty en 24 horas »
 
Notas sobre transición y/o legitimidad en Venezuela (2)
01.05.2026.-
 
Ganarás el pan con el sudor de tu frente. Génesis 3:19.

Hoy es viernes 1 de mayo y se celebrará en Venezuela con una presencia significativa de las organizaciones sindicales en la calle y, por cierto, parecen reanimadas luego de los acontecimientos del 3e y la secuencia que ha mostrado la dinámica nacional, entre ofrecimientos retóricos y la cruda realidad de una agresiva rutina de aumentos de precios y de precarización sistemática de la faena y no excluye sino a los enchufados, como se les llama coloquialmente.

Habrá quienes recuerden la gesta de Chicago que dio lugar a la efeméride y se conmoverá en la remembranza de los bamboleos de aquella dirigencia con una soga al cuello por el atrevimiento de pedir las “3 ochos”. Ocho horas de trabajo como duración de la jornada laboral, ocho horas para la formación y el mejoramiento del obrero y ocho horas para el descanso.

Juzgados como sedicentes se les impuso la pena de muerte ahorcándolos, pero, como homenaje de la justicia de la historia, a ratos tardía, pero, justicia al fin, alcanzaron la posteridad. No los conseguirá el olvido que suele hacer pareja con la muerte. Honor a Parsons, Fischer, Spies, Engel y a los demás héroes de la batalla que han librado algunos a nombre de todos, por la redención del ser humano que, en suma, demanda el reconocimiento de su dignidad.

Paso ahora al asunto de marras, con una afirmación a tener muy en cuenta, la tomo de un brillante artículo de Mirla Perez publicado hace unos días en La Gran Aldea, “Para el venezolano popular, cuando la relación muere, no puede resucitarla quien la mató” y esta otra cita de muchas posibles en el escrito de la profesora Pérez, recalco, “…no basta con acuerdos de élites, no basta con cambios institucionales, no basta con elecciones. Sin conexión con ese entramado real, cualquier proyecto político queda suspendido en el vacío. Porque el país real no se mueve por decreto. Se mueve por vínculo”

Las encuestas dicen que el cuerpo político venezolano quiere en su cuasi totalidad superar el bache trágico que ha resultado el mal gobierno de los últimos 27 años de demagogia, manipulación, empobrecimiento, desarraigo, deserción, envilecimiento e irrespeto. ¡El pueblo está harto, frustrado, soliviantado, el pueblo está arrecho!

La resiliencia de la que escribe la doctora Pérez, antes mencionada, constituye uno de los varios vínculos que unen alrededor de la idea de cambio a los conciudadanos. “Esto es pa lante me decía un dirigente de Cartanal hace días; pa tras jamás, voy hasta el final, pase lo que pase.”

Hay pues necesidad de sintonizar a ese sentimiento compartido entre los venezolanos para ofrecerle sostenibilidad al esfuerzo que la transición implica. La gente, en su gran mayoría, optó por adentrarse en un proceso de liberación que está detrás del intento de ideologizarlos y alienarlos a todos, por las buenas y/o por las malas que desde Chavez y con Maduro, estuvo siempre en la agenda de la clase política gobernante.

Hay un segmento a rescatar, sin embargo, del llamado daño antropológico que se observó y presentó como diagnóstico en Cuba y que repetimos ha sido perniciosamente inoculado a mucha de nuestra gente y de distintas clases sociales, como cosa curiosa y lo describe Dagoberto Valdez así, “Sufren un bloqueo -asegura-, el peor de todos, que es el embargo de proyectos de vida independiente sin los que se desmigaja el alma humana y se fomenta un desaliento existencial”.

Por su parte Francisco Javier Muller citando el libro de Luis Aguilar León, “Cuba y su futuro”, agrupa 6 tipos de daños antropológicos específicos: 1) El servilismo, 2) El miedo a la represión, 3) El miedo al cambio, 4) La falta de voluntad política y de responsabilidad cívica, 5) La desesperanza, el desarraigo y el exilio dentro del país (insilio) y 6) La crisis ética. (Tomado de Provea edición del 15 de enero 2020)

Empero, el criollo advierte que el cambio que requiere es complejo. Es económico, es personal, social, institucional, constitucional, político, cultural y moral. Es de aliento, desde dentro, consciente de que se trata de la crisis perfecta, de la disfunción general.

Más aún, es un compromiso con la evolución, con la adecuación a un cosmos del que un ciclo histórico de regresión, nos privó, nos comprimió y enervó. Un devenir que nos rejuvenezca, tecnológico, educativo, cultural, económico y quizás también debe hablarse de ontológico que se ha encargado de transformarlo casi todo al homo actualis. ¿Llegamos al siglo XXI podríamos entonces interrogarnos?  Mariano Picón Salas y Alberto Adriani dirían viéndonos que, tal vez no.

Concluyo estas letras así; la legitimidad no se consuma con un proceso electoral ni la transición con el mero desmontaje del cepo chavomaduristamilitaristacastristaideologista. Reclaman, además, la promoción e incardinación pluralista de un proyecto esencial de libre albedrío ciudadano que pueda conducir en este momento constituyente a una auténtica concertación democrática, deliberativa y decisoria que perfile otro republicanismo.

nchittylaroche@gmail.com – @nchittylaroche
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Noticias Internacionales / Re:SITUACIÓN EN VENEZUELA
« Último mensaje por Nelson Chitty en 24 horas »
Notas sobre transición y legitimidad en Venezuela (I)
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01.05.2026.-


“Solo se destruye lo que se sustituye” Saint Simon

El vocablo transición se hace cada día más presente en el discurso político, pero, especialmente, en la conversación regular de los coterráneos, en la casa de familia, en el lugar de trabajo, en el aula, en el pasillo y quizás no tanto en la sede del gobierno.

Es un pasaje de un estado a otro, generalmente lento y gradual. El diccionario no agrega mucho a esa sencillísima presentación. Según la Real Academia Española (RAE) , la definición principal de transición es la “acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”. Implica un cambio, transformación, mudanza o evolución entre dos estados o situaciones, conectando una idea, lugar o materia con otra.

La acepción política de la transición sugiere un proceso de cambio de régimen que puede ser, debido a la naturaleza del detonante, imprevisto o convenido, sobrevenido o latente. En todo caso, en Venezuela es un trámite por el cual, se adelantarán acciones sustitutivas progresivas de la experiencia de gobierno iniciada en enero de 1999, como primer estadio y luego, el trecho temporal que algunos estiman inició el 3 de enero 2026 con la extracción del hegemón Maduro y su señora esposa.

En mi criterio, es menester ofrecer precisiones para lograr una decantación que revele la genuina naturaleza del asunto en ciernes. Cinco respuestas a sendas interrogantes harán posible la elucidación del constructo icónico con el que la semántica y el lenguaje educan el intercambio interpersonal comunicacional sobre la materia. ¿Qué, para qué, cómo, cuándo, quién?

¿Qué? Transición es dar pasos en la dirección de un cometido a procurar alcanzar, que consiste en dejar atrás lo que se tiene y no se desea y arribar haciéndolo, a otra situación, es cambiar. ¿Para qué? En un salto emancipador, liberador, hacia lo que queremos para nosotros. Asumimos un proceso y/o travesía con ese objetivo. ¿Cómo? Articulando acciones y conductas que eventualmente suponen una instrumentación compleja que desmonte paulatinamente lo que sea de rigor y conduzca materialmente a una edificación o al umbral que la haga posible como secuencia. ¿Quién? Solo los factores de poder pueden concurrir a esa dinámica y por supuesto el respaldo cierto y vigilante de los destinatarios.

No obstante, dígase de una vez, una transición no estará completa sino al sentar las bases de una auténtica y orgánica estrategia nacional de cambio de sistema. Si lo prefieren y para completar la idea, cuando se disponen las cosas para acoplar y ensamblar los propósitos con las acciones concretas, de redefinición y construcción de un orden sustitutivo de lo que se quiere dejar atrás. Ubí societas, ibi ordo, ibi jus.

Empero la sostenibilidad del ejercicio debe pasar una prueba; debe ser legitimada por los conciudadanos y en ese envión, la deliberación debe preceder a la decisión que recoja para eso, una consulta ampliamente plural. Se ha hablado que el nuevo “orden” debería surgir de una convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente y lo que seguiría es la inmediata designación de los nuevos poderes públicos.

En mi opinión, estamos ante un momento constituyente justificado, con las implicaciones que irrefragablemente deberían enhebrarse, institucionalmente. El genio de la democracia debe frotar la lámpara y alumbrar un porvenir. Es menester.

¡Venezuela será libre...Dios mediante!

nchittylaroche@gmail.com
@nchittylaroche
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Noticias Nacionales / Re:VOX
« Último mensaje por Saude Pavón en 24 horas »
   

La derecha ante el espejo: Entre la supervivencia real y la ficción del centro
30.04.2026.-

La parálisis de Génova ante Vox: Por qué el miedo al qué dirán de la izquierda condena a la derecha a ser el guardián de la herencia de Sánchez

España no se rompió en Valladolid, ni en Zaragoza, ni en Mérida. A pesar de la narrativa mediática que maneja la Moncloa con una eficacia digna de mejor causa, la entrada de Vox en los gobiernos regionales de Castilla y León, Aragón y Extremadura no supuso el fin del entendimiento, sino el inicio de una normalidad sorprendente. Allí, lejos de los titulares inflamados y el estruendo de las tertulias madrileñas, el Partido Popular y Vox se han convertido en socios reales.
Tienen programas definidos, carteras compartidas y una gestión previsible que atiende a la ley y al presupuesto, no al eslogan. La alianza no es un capricho de campaña; es una estructura de poder operativa que demuestra que, cuando se pisa la tierra, la coalición no socava la institucionalidad, sino que la refuerza frente al caos.

Sin embargo, cuando uno asciende por la carretera nacional hacia Madrid, esa claridad se difumina en una niebla de complejos. En la capital, el Partido Popular parece habitar otro universo, una suerte de ecosistema burbuja donde la realidad aritmética se rinde ante el pánico a la crítica ajena. Por un lado, se reconoce en privado la utilidad de Vox en el poder regional como garantía de estabilidad; por el otro, se teme que proyectar esa misma foto a nivel nacional le arrebate esa respetabilidad que tanto anhela el poder establecido. El PP sufre lo que podríamos llamar una disonancia cognitiva política. Acepta la realidad allí donde gobierna, pero la niega allí donde aspira a hacerlo, pagando un precio estratégico cada vez más caro: La orfandad de su propio electorado.

El laboratorio de la normalidad y el miedo al tribunal
El gran error de la izquierda, y de una parte de la derecha mediática, fue creer que la formación de gobiernos regionales con Vox supondría un colapso de la convivencia. La realidad ha sido mucho más prosaica y decepcionante para los agitadores. En las comunidades, el PP no ha necesitado medias tintas. Ha pactado, ha repartido carteras y ha aprobado presupuestos con sus socios naturales. El ciudadano que vive en un pueblo de la meseta o en una capital extremeña no está en las barricadas; se ha acostumbrado a ver que la teatralidad electoral desaparece cuando se entra en la sala del consejo de gobierno para hablar de regadíos, de infraestructuras o de impuestos. Allí, la política recupera su dimensión de servicio: Gestionar lo común, no construir escenarios mediáticos.

Pero en Madrid, el PP nacional actúa como si tuviera que comparecer cada mañana ante un tribunal invisible que ya lo ha condenado de antemano. Ese tribunal no emite sentencias jurídicas, sino morales. Está compuesto por los terminales mediáticos de la izquierda, las ONG que sostienen el relato globalista y esas instituciones europeas que consideran que el “centro” es una categoría moral superior y exclusiva.
 Allí, el PP adopta una actitud de timidez que contrasta con la firmeza con la que el PP local gestiona su día a día. Esa contradicción genera un vacío, el votante empieza a sospechar que el partido no es el mismo en todas partes, y que la moderación en Madrid no es una estrategia de seducción, sino una forma de debilidad ante el marco mental del sanchismo. Se proyecta la imagen de una derecha que pide perdón por existir antes de proponer.

La trampa del centro como paisaje moral
Es necesario clarificar conceptos para no caer en la confusión semántica que tanto beneficia al bloque del progreso. El “centro” no es un espacio político neutro; la izquierda lo ha convertido en un paisaje moral. Para la derecha, el centrismo suele ser la búsqueda de un punto medio, un ejercicio de equilibrio administrativo. Para la izquierda, en cambio, el “centrismo” es el lugar donde la derecha se rinde. Cuando la élite dominante exige “moderación” al PP, no le está pidiendo que sea institucional; le está exigiendo que renuncie a sus principios y deje de cuestionar el marco ideológico que ellos han construido.

Gramsci describió la hegemonía como la capacidad de una clase para hacer que sus valores particulares parezcan naturales para toda la sociedad. Si la izquierda ha identificado el “centro” con la moralidad universal, proponer fronteras claras, identidad nacional o soberanía económica pasa a ser etiquetado como “extremista”. El PP hoy repite la tensión que vivió la derecha europea en los años 80: Fiel al orden institucional, pero ajena a la batalla de valores. Se gana el Gobierno, pero se pierde el poder; se administra el BOE, pero se obedece a la cultura impuesta por quienes dictan qué es “decente” y qué es “intolerable”. El resultado es una gestión eficiente de la herencia del adversario, pero nunca una alternativa que cambie la realidad. El PP corre el riesgo de convertirse en el guardián de un sistema que ya no entiende a quienes lo votan.

El divorcio: El país oficial frente al país real
El verdadero conflicto en la España actual es el abismo que separa al país oficial del país real. El país oficial es el de los discursos sobre la Agenda 2030, los informes de sostenibilidad de Bruselas y la solidaridad abstracta financiada con el esfuerzo ajeno. Es una España que se mira en el espejo de las élites globales y que considera que el arraigo es un atavismo a superar por la modernidad líquida.

Frente a él se levanta el país real. Es el país que pisa el barro y abre la persiana en los polígonos industriales. Es el agricultor manchego que ve cómo el Pacto Verde le prohíbe producir mientras los lineales se llenan de productos de terceros países que ignoran las exigencias fitosanitarias. Pero es también el autónomo que ve cómo los recursos públicos se concentran en proyectos “verdes” que nunca llegan a su negocio, o el progenitor de un barrio trabajador que ve cómo el fracaso escolar se vuelve normalidad mientras los fondos se destinan a narrativas ideológicas antes que a aulas seguras. Es el votante que ya no cree en la figura política, sino en los hechos. No se trata de ideología; se trata de supervivencia.

La reforma electoral como cuestión de soberanía
Si hay un punto que revela la parálisis estratégica de la derecha es la reforma de la Ley Electoral. El sistema actual ha mutado en una anomalía que permite que partidos residuales secuestren la gobernabilidad nacional. Hemos aceptado como normal que el chantaje sea la forma permanente de hacer política, donde el interés de pequeños partidos con un peso desproporcionado se impone sobre el bien común. El ciudadano de Soria, Jaén o Teruel ve con estupor cómo su voto vale menos que el de quien aspira a destruir la nación que le otorga su escaño.

Exigir una reforma que devuelva la proporcionalidad al voto es una necesidad democrática elemental. El PP que se resiste a tocar este sistema por miedo a romper los equilibrios de 1978 está permitiendo que la gobernabilidad siga en manos de quienes quieren desconectarse del proyecto común; ya sea mediante la secesión política o el rechazo a la soberanía nacional. Defender la reforma electoral es, en última instancia, defender la soberanía del pueblo español frente al mercadeo constante de las minorías territoriales.

La hora de la sinceridad estratégica
La derecha española no tiene un problema de aritmética. Los números para una alternativa sólida existen. El problema es de identidad y de valentía, de la voluntad de reconocer que la realidad política ya ha cambiado. Sánchez no es fuerte por sus propios méritos, que se limitan a la resistencia cínica, sino por la indecisión de quienes aspiran a sustituirlo.

Pactar con Vox no debe presentarse como una claudicación, sino como un acto de sinceridad estratégica. El PP duda ante carteras vinculadas a la seguridad o el control migratorio no porque su base las rechace, sino porque teme el titular de la élite dominante. Negar la alianza por miedo a la foto es un profundo autoengaño. La mayoría social de la derecha solo es viable bajo la suma de sus sensibilidades. La sinceridad estratégica implica admitir que el adversario no es el aliado de bloque, sino el proyecto de ruptura que hoy habita en el palacio de la Moncloa.

La elección final
No estamos ante un debate táctico sobre siglas. Lo que está en juego es la posibilidad de que España siga siendo una comunidad política soberana, capaz de proteger sus sectores productivos y garantizar el orden en sus calles. El tiempo de los equilibrios estéticos ha terminado.

Podemos seguir jugando al juego de la moderación estética mientras el sector primario es sacrificado en el altar de la agenda verde. El Partido Popular puede seguir buscando el titular amable que lo califique como “partido de Estado” a cambio de que no cambie nada. Pero la respetabilidad no calma el hambre, ni restaura la soberanía del voto.

La elección que queda es tan simple como devastadora: España o la ceremonia. ¿Prefiere usted ser aceptado por un sistema que le desprecia, o ser útil a una nación que le necesita? ¿Prefiere administrar la decadencia para no incomodar al poder establecido o gobernar España con lealtad a la realidad?

El tiempo de titubear se ha agotado. La realidad ya está llamando a la puerta, Usted decide si abrimos paso a una reconstrucción real o si contemplamos cómo se apagan las últimas luces de una España que se reconoce a sí misma.

Usted decide qué hará ante esta realidad.
Saude Pavón @SaudePavon saudepavona@substack.com
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Noticias Nacionales / Re:PSOE
« Último mensaje por Saude Pavón en 24 horas »
La liturgia de la desfachatez: El sanchismo y la antropología del poder impune.
23.04.2026.-

De la sociología del pesebre a la red de impunidad: Cuando la lealtad se vuelve dependencia y el escándalo se gestiona como una avería de comunicación.

Hay gobiernos que caen por la corrupción, y otros que intentan convertirla en una forma de relato. El sanchismo ha optado por lo segundo. No se trata ya de explicar los casos de Koldo, Ábalos, Cerdán o cualquier otro que aparezca. Se trata de administrar el escándalo como una simple avería de comunicación, una molestia de agenda, y no como un problema moral de primer orden. El truco es tan viejo como eficaz: Cuando el cerco se estrecha, no se asume la responsabilidad; se desplaza la culpa, se fabrica un adversario y se presenta la propia supervivencia como una forma superior de virtud política.

Eso es lo verdaderamente obsceno. No solo el robo, sino la pedagogía del cinismo. Roban, niegan, desvían, acusan a otros y, si hace falta, convierten la evidencia en persecución. Si esto no estuviera ocurriendo en España, parecería una sátira mal escrita. Pero es mucho peor, es una manera de gobernar.

La sociología del pesebre
La corrupción del sanchismo no puede entenderse como una suma de nombres sueltos. Funciona como una red de vasos comunicantes, una sociología del pesebre donde la lealtad pesa más que la competencia y el silencio vale más que la decencia. Vilfredo Pareto hablaba de la circulación de las élites; aquí habría que decir, más bien, que las élites no circulan, se atrincheran. Lévi-Strauss vería aquí el mito que resuelve la contradicción de una “corrupción que se vende como progreso”. Se reparten el espacio público como si fuera una herencia familiar y blindan el sistema con una lógica mafiosa muy simple: Si todos están manchados, nadie puede traicionar.

En este esquema, Koldo no es una rareza; es un intermediario necesario. Ábalos no es un exministro caído en desgracia; es el resultado visible de una trama parasitaria que convirtió el cargo público en un nodo de favores, bolsas de dinero y protección. Y Cerdán no es un nombre secundario, es el engranaje que sostiene la maquinaria. Lo importante no es la anécdota, sino el patrón. Cuando las comisiones, las adjudicaciones y los contactos se convierten en un circuito de supervivencia, la corrupción deja de ser un error y pasa a ser el pegamento del sistema.

Ese pegamento se llama miedo. Miedo a caer, miedo a hablar, miedo a que se abra la caja y quede a la vista el reparto entero. Por eso tanta gente en estas redes políticas no necesita creer en el líder; le basta con saber que el líder protege el circuito que les da de comer. La lealtad en estas estructuras no nace de la admiración, sino de la dependencia. Y eso explica por qué el cinismo no solo se tolera, sino que se premia con ascensos y blindajes.

La muerte de la vergüenza
La comparecencia de Paqui Muñoz en el Senado es la imagen perfecta del deterioro de la vergüenza pública. No por el hecho de comparecer, sino por la manera en que lo hace: Tarde, a regañadientes, con desprecio hacia el espacio institucional y con esa actitud reveladora de quien sabe que el escándalo no le exige pudor, sino resistencia. El móvil en la mano, la indiferencia ante las preguntas, el tono de quien parece decir “estoy aquí porque me obligan, no porque les deba nada”… todo eso construye un símbolo difícil de olvidar. Es lo que podríamos llamar “la banalidad de la impunidad”; una vuelta de tuerca al concepto de Arendt donde la reflexión ética desaparece por completo ante la naturalidad del atropello institucional.

Ahí está el verdadero “efecto Paqui”. La muerte de la vergüenza como mecanismo de control social. Antes, un político o su entorno al menos intentaban disimular o bajar la mirada ante el reproche público. Hoy la desfachatez ya no se esconde. Se exhibe. Y no como un fallo, sino como una señal de fuerza. Es una manera de mandar un mensaje muy claro: “Podemos permitirnos esto y no pasa nada”. La asimetría con el ciudadano es brutal. A usted le exigen impuestos hasta la asfixia, trámites interminables, paciencia y prudencia. A ellos les queda la barra libre del poder, del enchufe y de la impunidad.

La neolengua del progreso
El sanchismo además ha conseguido algo peligroso: Vaciar palabras hasta dejarlas irreconocibles. Progreso, resiliencia, mayoría democrática, justicia social. Todo puede servir para tapar una bolsa de billetes, una adjudicación a dedo o una comparecencia vergonzosa. La política se convierte entonces en una neolengua donde el abuso se maquilla de virtud y la opacidad se presenta como sensibilidad social.

La fórmula es sencilla. Si hablas de progreso, nadie debe mirar demasiado el reparto de favores; si invocas justicia social, nadie debería preguntar por las mariscadas, los hoteles de lujo o las comisiones que viajan mejor que los presupuestos. La ironía no necesita aquí exageración alguna, le basta con poner en paralelo lo que se dice y lo que se hace. El contraste es tan obsceno que casi se corrige solo.

Puente y el reflejo condicionado
Óscar Puente es la versión más funcional de ese reflejo político. Cuando algo falla, la respuesta no es la asunción de culpa, sino el señalamiento al adversario. El caso del 112 en Adamuz es el ejemplo perfecto. En lugar de asumir responsabilidades o dejar trabajar a quien corresponda, aparece la costumbre de culpar a Moreno Bonilla como si el mero gesto de señalar ya resolviera el problema. Es el reflejo de Pávlov aplicado a la política: Cuando algo se rompe, se muerde al vecino.

Y no es solo una anécdota. Es una técnica. Puente no está ahí solo para gestionar transportes; está para gestionar el relato del agravio, para evitar que el ciudadano mire el fango que tiene delante y obligarlo a mirar al dedo que acusa al adversario. Esa es la función del ariete: No arreglar, sino desviar. No administrar, sino incendiar el foco sobre el contrario.

La culpa como traslado
La DANA sirve también para entender esta lógica de evasión. No hace falta convertir la tragedia en una pelea de patio sobre quién estaba comiendo con quién; lo verdaderamente relevante es cómo el poder intenta reducir una catástrofe compleja a una sola figura visible y fácil de señalar. Es una maniobra de distracción para ocultar el problema de fondo: La fragilidad estructural de las infraestructuras y la inanidad de la prevención. En una catástrofe de esta magnitud, la discusión no puede quedarse en la presencia o ausencia de un dirigente en un punto concreto, sino en el fallo sistémico del Estado.

Sin embargo, el sanchismo ha operado aquí una perversión del mecanismo del chivo expiatorio de Girard. En lugar de sacrificar al culpable para restaurar la paz y el orden en la comunidad, el Gobierno prefiere sacrificar el prestigio de las instituciones para salvar a los suyos. Hablamos de una inversión moral absoluta en la que se erosiona la credibilidad de los organismos públicos con tal de que la responsabilidad no llegue jamás al centro del poder.

Eso es precisamente el alivio narrativo que buscan. Cuando el poder necesita un culpable rápido, casi nunca busca la verdad; busca evitar que se mire el origen del problema. En el fondo, el mecanismo es el mismo que en el caso Koldo: Desplazar el foco para que la responsabilidad no alcance al corazón del sistema.

La tribu y el silencio
Esta dinámica ayuda a leer la realidad con claridad. Las comunidades en crisis suelen buscar culpables para recomponer su cohesión, pero aquí el mecanismo se ha vuelto paranoico. Se sacrifican preguntas, se ignoran límites y se dinamitan procedimientos con un solo objetivo: El blindaje del grupo. El precio de esta protección lo pagan siempre los mismos. Lo paga el ciudadano que contempla la degradación, el funcionario que calla por miedo, el periodista que incomoda o el juez que intenta investigar entre el fango.

La tribu se mantiene unida no por entusiasmo hacia un proyecto, sino por puro temor. Nadie quiere ser el primero en romper el silencio, porque en estas estructuras de lealtad mafiosa, hablar significa quedar fuera del reparto y expuesto a la intemperie. Por eso la corrupción bajo el sanchismo no es un accidente aislado; es una forma de comunidad. Una red de protección mutua donde el mérito importa menos que la obediencia ciega y donde la vergüenza, sencillamente, ha dejado de funcionar como freno.

Lo que queda
El drama no es solo que el sanchismo sea una maquinaria de supervivencia sin escrúpulos. El drama es que nos obligan a elegir entre ser cómplices por omisión o parias por indignación. ¿En qué momento dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en público de un saqueo que aplaudimos si el saqueador nos cae bien?

Cuando se apague el ruido de los aplausos comprados, solo quedará una España más pobre, dividida y más cínica. ¿Cuántas “Paquis”, Ábalos, Koldos y Puentes hacen falta para que media España deje de premiar la desfachatez como si fuera una virtud política? El éxito del sanchismo ha sido convencer a muchos de que la decencia es “fachismo” y que fiscalizar al poder es sinónimo de “golpismo”.

¿Hasta cuándo seguiremos aplaudiendo a quien nos aprieta la soga? ¿Cuántas muertes más, cuántos engaños, cuánto más robo seremos capaces de aceptar antes de que el poder deje de ser un botín para el clan y una carga para el ciudadano? Esta es una derrota moral que España no se puede permitir.
Saude Pavón @SaudePavon saudepavona@substack.com
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Noticias Internacionales / Re:IRAN
« Último mensaje por Saude Pavón en 24 horas »
La arena no se barre con misiles: Irán y la trampa del coitus interruptus geopolítico
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16.04.2026.-

Por qué bombardear una teocracia no equivale a desmantelarla: la anatomía de un régimen que sobrevive gracias a nuestra propia hipocresía estratégica.

"Una lección de soberbia mal administrada: donde el mundo libre ve un objetivo militar, el régimen encuentra el oxígeno para su siguiente purga interna."

Hay guerras que empiezan en nombre de la libertad y terminan como una lección de soberbia mal administrada. Lo de Irán corre el riesgo de convertirse exactamente en eso: Una demostración de fuerza sin arquitectura política por detrás, un gesto que, al final no hace más que confirmar la fortaleza del régimen que decía querer quebrar. Porque bombardear una teocracia no equivale a desmantelarla. A veces, solo sirve para recordarles a los tiranos que siguen vivos, que todavía pueden apretar más las tuercas internas y que el miedo, bien dosificado, sigue siendo el negocio más extraordinario del mundo.

La ilusión occidental tiene algo de perezosa, casi infantil, la de creer que una dictadura se cae como se reinicia un router. Se presiona un botón, cae un poco de humo en las pantallas, sale la foto grave en la Sala de Situación y damos por hecho que el problema se ha resuelto por la vía de la balística precisa. Pero los regímenes no son enchufes que se desenchufan. Son ecosistemas vivos, adaptativos. El sistema iraní lleva décadas perfeccionando el arte de sobrevivir al martirio administrado, de convertir cada crisis externa en una oportunidad para la limpieza interna. El alto el fuego, lejos de ser el principio de la paz, en Teherán se lee como el oxígeno perfecto para la purga doméstica.

La nómina del turbante

Irán no es solo un Estado con mala prensa en el “eje del mal”. Es una estructura de supervivencia construida con una lógica implacable. La fe se ha convertido en administración y la represión en forma de circulación económica. En el centro de todo está la Guardia Revolucionaria, el Pasdarán, que no es una simple guardia pretoriana. Es un holding empresarial con fusiles que controla desde la importación de grano hasta las telecomunicaciones, pasando por el mercado negro de divisas y la construcción de infraestructuras críticas.

Según estimaciones conservadoras, manejan cerca del 35% del PIB nacional. No están defendiendo solo una idea mística o el legado revolucionario de Jomeini; defienden aduanas, monopolios, flotas de transporte y contratos millonarios que harían palidecer a cualquier multinacional del Fortune 500. Han creado lo que podríamos llamar una “burguesía de la fe”, gente que no reza por convicción religiosa, sino por estatus social y cuenta de resultados.

Como explicó Bourdieu, el poder no se ejerce solo con violencia directa, sino mediante un habitus de sumisión, esa costumbre tan arraigada de obedecer que parece la única forma lógica de sobrevivir. En Irán, esto genera una esquizofrenia cotidiana, una cara para el Basij, la milicia paramilitar que vigila la moral en cada esquina, y otra para la intimidad del hogar. Pero esa doble vida tiene un precio psicológico que el régimen explota sin piedad. Si Washington bombardea la cáscara externa pero deja intacto el bolsillo del jerarca y el control capilar del Basij sobre el cuerpo de las mujeres o el peinado de los jóvenes, solo está encareciendo el precio de la lealtad. No facilita, en absoluto, la caída del sistema; el Pasdarán no es un ejército, es una red de intereses que ha parasitado cada célula de la vida civil hasta volverse indistinguible del Estado mismo.

La liturgia del sacrificio

Para entender por qué el fiscal iraní anuncia ejecuciones de disidentes precisamente cuando las armas externas callan, hay que acudir a Girard. El régimen funciona como una maquinaria de sacrificio que necesita chivos expiatorios para canalizar la violencia interna y mantener la cohesión del grupo dominante. Durante el conflicto armado, el enemigo es externo y el nacionalismo hace de pegamento. Pero cuando llega la tregua, esa misma tensión se redirige hacia adentro, hacia el mohareb, el que hace la guerra a Dios en el patio de su propia casa.

El castigo al disidente no busca eliminar a un individuo (la teocracia no teme a los cadáveres, los colecciona), sino restaurar el orden sagrado que un bombardeo puso momentáneamente en duda. Ejecutar a los que ya pueblan las cárceles de Evin es la manera que tiene el régimen de gritar: “Vuestra esperanza fue un espejismo y nuestra soga sigue siendo real”. La muerte no es el fin aquí, es el lenguaje pedagógico. El patíbulo es su televisión estatal más efectiva.

Mientras la Red Nacional Iraní (NIN) bloquea el mundo exterior y controla todos los flujos de información y garantiza el apagón digital, sus tribunales especiales juzgan a los “enemigos de Dios” en apenas 48 horas. La celeridad del verdugo es la respuesta perfecta a la pausa del misil extranjero. Es la forma de recordar que, aunque el cielo se aclare, el suelo sigue siendo territorio de la teocracia.

La chapuza estratégica y la anatomía del miedo

El mayor peligro de una guerra mal pensada no es perderla; es ganarla a medias. El régimen iraní es maestro de la “paciencia estratégica” y sabe que cada golpe parcial que no tumba la estructura actúa como vacuna. Lo vuelve más resistente, más paranoico, más refinado en su capacidad de control. Es la aplicación geopolítica del principio de selección natural darwiniano.

El uso de drones para vigilar protestas o el reconocimiento facial de última generación para imponer sanciones automáticas por el “mal uso” del hiyab demuestra cómo una teocracia con mentalidad del siglo VII utiliza tecnología del siglo XXI para blindar su economía moral del miedo. Si se activa una expectativa de liberación y luego se abandona a la población ante un aparato de coerción intacto, lo que se genera es una derrota subjetiva absolutamente demoledora.

La gente aprende una lección brutal: El mundo libre hace mucho ruido en los informativos de la noche, pero nunca se queda a pisar la arena. Como dijo Scott, los Estados se hacen legibles precisamente a través de sus estructuras de control más sofisticadas. Derribar una cúpula sin desmontar ese ecosistema de vigilancia capilar es como arrancar una telaraña dejando intactas a las arañas. Un bombardeo puede destruir una planta nuclear en Natanz, pero mientras el Basij siga patrullando cada esquina con sus dos millones de voluntarios dedicados a la delación premiada, el juez siga firmando sentencias de lapidación y el vecino siga temiendo el soplo delator, el régimen seguirá respirando con total normalidad.

Rajavi: La gramática de Estado frente al vacío

Frente al falso dilema de “régimen o caos”, la gran coartada del apaciguamiento occidental, la figura de Maryam Rajavi y su Plan de Diez Puntos adquiere una relevancia que va mucho más allá de la épica del exilio. No es una solución mesiánica; es una gramática de Estado concreta allí donde hoy solo existe arbitrariedad divina.

Rajavi ofrece soberanía popular, separación real entre mezquita y parlamento, justicia independiente y un Irán no nuclear. En un país traumatizado por una revolución secuestrada por clérigos, su propuesta representa la transición de la “ley del miedo” a la “ley del ciudadano”. Pasar por alto a la oposición organizada es la manera más segura de garantizar que, cuando el régimen finalmente caiga, el solar resultante lo ocupará una nueva versión del mismo horror teocrático, solo que con un turbante de distinto color.

¿Libertad o espectáculo?

Llegamos a la parte que realmente nos incomoda: Nuestra propia hipocresía. Queremos un Irán libre, pero nos aterra que el precio del crudo altere nuestro bienestar cotidiano. Nos escandalizan las grúas de Teherán cuando sus imágenes irrumpen en internet, pero preferimos que la “solución” sea una coreografía televisiva de luces nocturnas sobre el Golfo Pérsico antes que el compromiso serio de pisar el barro y asumir los costes reales de una transición.

Queremos libertad con logística de Amazon: Rápida, a domicilio y sin manchas de sangre en nuestra conciencia. Pero el desierto no perdona ni a los tibios ni a los turistas de la geopolítica. Mientras en los despachos de Washington brindan por una paz de papel, en las plazas de Teherán el fiscal ya está ajustando la altura de las grúas. El silencio de las armas no trae paz; es el ruido sordo de los nudos apretándose en la sombra.

¿Estamos a favor de la libertad o simplemente nos seduce el espectáculo de la fuerza? ¿Nos importan los iraníes o solo nos molesta que su tiranía nos estropee el algoritmo de las noticias y amenace nuestra seguridad energética? Desmantelar una teocracia exige pulverizar el músculo económico del Pasdarán, disolver la red del Basij y reconocer que la alternativa política no es un vacío exótico, sino una estructura preparada para gobernar. Sin eso, el bombardeo se queda en simple teatro moral para consumo doméstico de espectadores aburridos.

La próxima vez que alguien aplauda un misil desde la comodidad del sofá, convendría recordar que en Teherán el mismo guardia de ayer ajusta hoy la soga del disidente que todavía confiaba en que esta vez el mundo no miraría hacia otro lado. Si se inicia una guerra y se deja a medias, no se está golpeando al régimen, se está apuñalando por la espalda a quienes sueñan con el día en que no tengan que disimular para ser simplemente humanos.

El verdugo ya ha vuelto al trabajo con renovado entusiasmo. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a seguir aplaudiendo el humo mientras permitimos que la soga termine el trabajo sucio. Porque la diferencia entre un estratega y un charlatán es que el primero sabe que una guerra termina solo cuando el último verdugo se queda sin empleo. Y para eso hace falta algo más que apretar un botón desde un portaaviones. Hace falta la decencia de no dejar a un pueblo entero a medio camino entre la esperanza y la ejecución.

Quizás el problema no sea que no podamos derribar al régimen. El drama real es que nos aterra la responsabilidad de la libertad ajena si esa libertad nos obliga a renunciar a nuestra propia, plácida y cómplice indiferencia. El verdugo nunca para. ¿O es que acaso preferimos que el verdugo siga apretando la soga siempre que no lo haga frente a nuestras cámaras?

Saude Pavón @SaudePavon https://saudepavona.substack.com/
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Noticias Internacionales / Re:LIBANO
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El inexplicable fuego que surge cada año en la tumba de Cristo y viaja hasta Beirut
12.04.2026.-

La conocida como Llama Sagrada, elemento fundamental de la Pascua ortodoxa, se desplazará desde Jerusalén al Líbano a través de Jordania.

Como cada año durante la Pascua ortodoxa, el Líbano espera la llegada de la Llama Sagrada de Jerusalén. Se trata del fuego que, inexplicablemente, surge en el lugar de la tumba de Cristo, dentro de la iglesia del Santo Sepulcro, desde el siglo IX, el Sábado Santo. Por razones geopolíticas, esta llama suele viajar a través de Jordania, ya que no existen relaciones entre Israel y el Líbano. Este año, resulta aún más difícil seguir el recorrido de la llama, que los fieles —ya sean ortodoxos, católicos maronitas, latinos o de cualquier otra denominación— esperan con ansias.

Hasta el día de hoy, el origen de este fuego sigue siendo desconocido. El relato más antiguo de este fenómeno menciona la presencia de un ángel que, según se dice, encendió la llama. Esto ocurrió alrededor del año 870, según un monje que narró los hechos. Naturalmente, surgieron críticas y sospechas, cuestionando el carácter milagroso del evento. Sin embargo, cada año, el fuego reaparece, primero, según algunos, como una especie de luz azul, luego como un fuego especial, ya que durante los primeros diez minutos no arde.

El Patriarca Ortodoxo de Jerusalén es quien recibe este fuego. Para asegurarse de que no haya ningún engaño, es sometido a un registro público y exhaustivo por oficiales israelíes, quienes verifican que no posee ningún medio para encender velas. Luego, entra en el lugar donde fue sepultado Jesús. Cuando aparece la llama y el fuego atraviesa los orificios del cenotafio, la multitud reunida a su alrededor se regocija. La luz entonces se extiende de vela en vela alrededor del sepulcro, en la iglesia, por toda la ciudad y mucho más allá.

Este año, sin embargo, todos se preguntan en el Líbano si llegará la llama. La incertidumbre persiste hasta el último momento. Se entiende que las cosas no seguirán el ritual habitual. Normalmente, la llama llega a Amán, desde donde un avión la transporta a Beirut. Allí, se traslada al arzobispado ortodoxo y el obispo la distribuye entre los sacerdotes de las distintas parroquias ortodoxas. Si bien los cristianos libaneses son predominantemente católicos maronitas, las familias cristianas originarias de Beirut son mayoritariamente ortodoxas, como suele ocurrir en las ciudades costeras donde florecía el comercio.

Aunque para este evento, todos se reúnen en las iglesias ortodoxas. Una francesa de rito latino, residente en Líbano, explica,  que siempre acude a recibir la llama a la Catedral de San Jorge en Beirut. «La llama viene directamente del Santo Sepulcro, y su procedencia la sitúa por encima de toda discusión. No es exactamente una ceremonia como la Vigilia Pascual, pero es muy conmovedora: la furgoneta blanca se abre, el obispo la recibe con incienso entre cánticos de Cristo resucitado, y luego se distribuye la llama a los fieles quienes a veces han esperado durante horas. Es impresionante verlos acudir en busca de la luz de Cristo resucitado, gritando '¡Al Massih Qam! ¡Haqqan Qam!'», explica esta mujer.

Evitan una concentración de los terroristas de Hezbolá
En esta ocasión, el recorrido de la llama será algo inusual, ya que algunos anuncian que se dirigirá primero al Palacio Presidencial. Algo inédito, sobre todo teniendo en cuenta que el Presidente de la República es maronita. Los que esperan su llegada explican que sin duda es preferible evitar el centro de la capital, donde se encuentra la catedral ortodoxa, dado que Hezbolá está organizando una manifestación en la zona. La milicia chií protesta contra el anuncio de negociaciones directas entre Líbano e Israel, que se espera que comiencen el próximo martes.

De hecho, el Primer Ministro Nawaf Salam ha anunciado que pospone su viaje a Estados Unidos. La esperanza inspirada por la resurrección es, por tanto, más necesaria que nunca. Marie-Armelle Beaulieu, redactora jefe de la revista Terre Sainte, ofrece un excelente resumen: «Esta llama no es una señal, es un acto de fe. No es prueba de la Resurrección de Jesús, pero es prueba de nuestra fe en ella».
Nathalie Duplan
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La operación de Roures y Podemos con Rufián
11.04.2026.-

Irene Montero y Gabriel Rufián protagonizaron en Barcelona un acto en defensa de una candidatura conjunta con todas las siglas de la izquierda que puso de manifiesto su pobre nivel intelectual y la desesperación de unos personajes que temen perder sus posiciones de privilegio y, sobre todo, los suculentos ingresos que les depara la política, muy superiores a los que tendrían en el caso de tener que trabajar.

Con la ampulosa excusa de parar al PP y a Vox, a los que identifican sin reparo alguno con el fascismo, y con una larga sarta de mentiras, como la de que se pretende ilegalizar a ERC, Montero y Rufián abogaron por una unidad de la izquierda a la izquierda del PSOE que en realidad es una operación política de Podemos para salvar los muebles y de Rufián para salvar su escaño.

Bajo la pretensión de ofrecer una alternativa de izquierda en un momento de grave riesgo para la democracia y las libertades lo que Rufián y Montero hacen es buscar salidas personales, el mantenimiento de su estatus y la prolongación artificial de dos carreras políticas que hace mucho tiempo ya que no dan más de sí.

Las aportaciones de Irene Montero son de sobras conocidas. Ella es la impulsora de un desastre de las dimensiones de la ley "suelta violadores" y la principal difusora de la ideología de género y de estupideces como el "ellos, ellas y elles". Gabriel Rufián, por su parte, es un separatista que al ver peligrar su posición en ERC pretende transitar del odio a España a liderar la izquierda en España.

 La típica contradicción izquierdista que el todavía portavoz de ERC en el Congreso pretende cabalgar para mantenerse en Madrid y en política porque debe pensar que trabajar es de cobardes.

Con Podemos y Rufián se juntan el hambre con las ganas de comer, una especie de alianza de conveniencia por la que Podemos pretende aprovecharse del tirón demoscópico de Rufián —al parecer el dirigente preferido por la mayoría de los votantes de extrema izquierda en toda España— y Rufián cobijarse bajo la sombra del partido de Pablo Iglesias antes de que Oriol Junqueras le dé la patada en las posaderas urgido y empujado por todos los cargos y militantes de ERC que profesan un odio africano a su portavoz en Madrid.

Para ERC, Rufián es un "botifler", un charnego traidor, el "españolazo" empotrado en el partido por el capricho de Junqueras. Para Podemos, en cambio, es un activo electoral siempre que forme un tándem con Irene Montero y les ayude a recuperar el terreno arrebatado por una Yolanda Díaz ahora en retirada y por la plataforma Sumar, en plena descomposición.

 Detrás de la maniobra aparece el empresario Jaume Roures, otro personaje indispensable para comprender el deterioro de la política en España, un elemento siniestro en toda la extensión de la palabra, un tipo sin el que no se puede entender ni la figura de Pablo Iglesias ni el golpe de Estado separatista en Cataluña, uno de los grandes enemigos de la nación y de los españoles que se pretenden libres e iguales.

Lo que esta gente llama salvar a la izquierda y a España en realidad es salvarse ellos a costa de España, igual que Pedro Sánchez. Cuanto peor, mejor para ellos, unos ases de la crispación que sólo pueden medrar y mantenerse a base de enfrentar a los ciudadanos, crear enemigos, alzar muros, sembrar odio y engañar a los electores.
Editorial LD
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Noticias Internacionales / Re:SITUACIÓN EN VENEZUELA
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Breves notas sobre la interpretación constitucional
10.04.2026.-

“La interpretación teleológica es una forma de razonamiento mediante la cual el significado de un texto legal (por ejemplo, una regla, un principio u otras normas) se determina, según su propósito, objeto u objetivo”, Luc B. Tremblay

Recuerdo al inicio del gobierno de Hugo Chávez una plática en la sesión del Consejo de la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos de la Universidad Central de Venezuela (Eepa UCV), sobre el modelo guía curricular y yo insistía en que todas las menciones, vale decir, Administración Pública, Politología y Relaciones Internacionales deberían seguir como materia obligatoria la asignatura Teoría Constitucional y Derecho Constitucional venezolano.



Anteriormente, en la Eepa UCV la disciplina estaba comprendida en la diversidad del derecho público como una lectiva y podía o no, dependiendo del interés del estudiante, agregarla a su plan de formación o ignorarla. Los fundadores de la escuela, luminosas mentes y curtidos académicos hacían más énfasis en Teoría del Estado e Instituciones políticas.

Esa programación admitía, como terminamos haciendo, modificaciones y aún, por cierto, se reflexiona sobre el asunto, teniendo los jefes de departamento decisiones que estarían por tomar y continuar la revisión y actualización del modelo curricular. El esfuerzo se hace pensando en los alumnos y los retos intelectuales y profesionales que sabemos enfrentaran, además de educar disciplinadamente su pensamiento para que incardinen desde la episteme, la experiencia práctica. Se prepara al producto para el trabajo.

El relato tiene cabida en el artículo que escribimos, para destacar el acento que se pone en la técnica de la comprensión del alumno sobre su entorno, circunstancias, realidades y el propósito, meta, fin del politólogo, en medio de su propio universo.

Nada valdría sus lecturas, seminarios, monográficos y enseñanzas si no aprende a ubicarse y metabolizar los distintos elementos concomitantes a la realidad que confronta y emplear su criterio para servir a la demanda que se le formulará. El politólogo de la Eepa UCV debe comprender y leer la sociedad.

Mutatis mutandis imagino, lo mismo ocurre con el intérprete constitucional. No le basta el texto, la norma, aun cuando debería ser su más fiel guardián, siendo que está igualmente obligado a no invadir la competencia legislativa, no pretender en su ejercicio modificar la regla en su contenido porque no le corresponde pero, en la complejidad de su ejercicio también y en paralelo, debe abrir su entendimiento para llevar a él, además, como dijimos, los principios y propósitos de la Constitución que están enhebrados en su tejido connatural, en su sistema, en su pragmática, en su teleología. La interpretación constitucional ha dejado de ser una mera exégesis para convertirse en un ejercicio de razón práctica y más que jurídica, social.

El paso del Estado Legal de Derecho al Estado Constitucional ha desplazado el centro de gravedad del ordenamiento. Se advierte la superación del literalismo, la adopción del principio de proporcionalidad y la ponderación como herramientas estándar, y la concepción de la Constitución como norma de aplicación directa, no solo programática.

Empero, la tensión es permanente entre la soberanía popular (el legislador) y la supremacía constitucional (el juez), conocida como la objeción contramayoritaria. Además, el riesgo del "activismo judicial" desmedido que puede erosionar la seguridad jurídica. Resaltemos algunas de las afirmaciones de los juristas más destacados.

Para H. L. Hart, el derecho se compone de reglas. Sin embargo, el lenguaje jurídico padece de una textura abierta (open texture). Núcleo y penumbra: existen casos claros (núcleo de certeza) donde la regla se aplica, sin dudas, y casos difíciles (penumbra) donde el lenguaje es indeterminado. En la penumbra, el juez no "descubre" el derecho, sino que “crea” derecho de manera intersticial, actuando como un legislador delegado para resolver la laguna. Hart, sostiene que la validez de una norma depende de criterios sociales compartidos por los funcionarios, no necesariamente de su mérito moral.

Ronald Dworkin, quién reflexionó mucho sobre el tema de la interpretación de la Constitución norteamericana, se le exponía y oponía frecuentemente, de un lado con su activismo judicial a ratos apasionadamente y, por otra parte, con su propuesta de darle a la Constitución una lectura moral al tiempo que jurídica, en su intento de encontrar la justicia en la aplicación de la Constitución. Dworkin surge como la némesis doctrinaria de Hart, negando la discrecionalidad judicial en casos difíciles.

El derecho no es solo un "sistema de reglas". Incluye principios (dimensiones de justicia y equidad) que tienen un peso específico y no se aplican a "todo o nada". Dworkin propone el ideal del Juez Hércules, quien, a través de una interpretación holística, siempre encuentra la "única respuesta correcta" que mejor se ajuste y justifique la historia institucional y la moralidad política de la comunidad.

Para Dworkin, la interpretación es un proceso constructivo, similar a escribir un capítulo en una novela en cadena (chain novel), manteniendo la coherencia con lo escrito anteriormente.

Desde otra perspectiva puede decirse que, los originalistas y los positivistas, sin osar en el poco espacio abundar, contrastan en su asunción del tema, con los que piensan que la Constitución vive, se mueve, con el tiempo y con los valores y actitudes sociales. Interesante la historia del debate sobre la segregación racial en los Estados Unidos de América y las distintas representaciones que ha visto jurisprudencialmente la materia por más de un siglo y, especialmente, las conclusiones a las que pudieron y pueden llegar unos y otros.

Atractivo, exigente y convincente el punto de vista de Manuel Atienza y los seguidores de la teoría de la argumentación con respecto al juez constitucional y el supuesto atinente al derecho. En efecto, para Atienza, el derecho no es solo una norma o un hecho, sino una actividad; la práctica de dar razones para justificar decisiones.

Aunque reconoce la utilidad de la fórmula de Robert Alexy, Atienza enfatiza que la ponderación debe ser un ejercicio de racionalidad y no una intuición subjetiva. Propone evaluar la interpretación bajo dimensiones formales, materiales y pragmáticas (dialéctica y retórica), buscando una solución que sea universalizable y coherente.

Muy citado por Atienza es menester convocar a Robert Alexy, quizás, el autor más influyente en la praxis de los tribunales de habla hispana y germana. Su incidencia es triple: define los derechos fundamentales no como reglas cerradas, sino como principios. Esto significa que deben cumplirse en la mayor medida posible, dadas las posibilidades fácticas y jurídicas. Alexy sistematizó la herramienta interpretativa por excelencia y así, la interpretación constitucional ya no es una "subsunción" lógica, sino un proceso de tres pasos: idoneidad, necesidad y proporcionalidad en sentido estricto.

Sostiene que el derecho tiene una dimensión ideal. Quien interpreta la Constitución no solo busca lo que "dice" el texto, sino que pretende que su interpretación sea justa o correcta.

Confieso mi especial simpatía por Luigi Ferrajoli y su esquema metodológico que ensaya combinar, el Garantismo y la Rigidez. A diferencia de Alexy, Ferrajoli es un crítico del exceso de "ponderación", porque considera que puede debilitar la fuerza normativa de los derechos. Su criterio, y allí coincide con Ernesto Garzón Valdez, a quien también quisiéramos invitar, se resume en: La esfera de lo indecidible. Para Ferrajoli, la interpretación constitucional debe proteger un núcleo duro (los derechos fundamentales) que ninguna mayoría, ni siquiera el legislador, puede tocar. Los derechos son "leyes del más débil". Congruentemente delimita al Constitucionalismo de Garantíasy entonces, la interpretación no es una búsqueda de valores abstractos, sino la verificación de si las normas secundarias (leyes) respetan las normas primarias (Constitución). Si una ley viola un derecho, no es solo "injusta", es inválida. Un juez constitucional no debe limitarse a ver si una ley fue aprobada correctamente (vigencia), sino si su contenido es coherente con los principios constitucionales (validez).

La semana próxima traeremos a otro destacado y muy reflexivo pensador, muerto recientemente, y comentaremos el teatro actualísimo de la interpretación constitucional en Venezuela.
Nelson Chitty.
nchittylaroche@gmail.com @nchittylaroche
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Noticias Nacionales / Re:PSOE
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Gaza e Irán: La brújula rota
Esta deriva alcanza su punto más oscuro y preocupante en Oriente Próximo. Al buscar desesperadamente una pose de brújula moral para el consumo de su parroquia interna, el Gobierno ha patinado en una ambigüedad moral que desorienta a nuestros aliados y regala bazas retóricas a los enemigos de la libertad. Irán y las terminales terroristas de Hamás representan el borde oscuro del mapa moral al que Sánchez no se atreve a nombrar con la contundencia debida.

 Mientras el mundo libre cerraba filas frente al horror sádico de la masacre del 7 de octubre, el sanchismo se apresuraba a matizar, a buscar equilibrios imposibles y a liderar cruzadas de reconocimiento que solo sirven para envalentonar a la teocracia iraní, el verdadero titiritero detrás de la inestabilidad regional.

No es audacia diplomática; es una mezcla de cobardía estratégica y cálculo electoral. Sánchez victimiza al agresor ideológico para cohesionar a su tribu doméstica, mientras el mundo real observa con estupor como España se desmarca del consenso civilizatorio occidental. Cualquier gobierno que aspire a la seriedad debería entender que la política exterior no puede basarse en la administración del sentimentalismo de pancarta. O se distingue con claridad entre el terrorismo y la política, o se abre la puerta a una confusión que invalida a España como interlocutor fiable.

 El resultado es que, mientras otros negocian la paz o la seguridad marítima, nosotros nos dedicamos a emitir comunicados que solo se leen con entusiasmo en las redacciones afines y en los búnkeres de los grupos insurgentes financiados por el régimen de los ayatolás.

La internacional de la escoria simbólica
La paradoja es cruel: Cuánto más insiste Sánchez en aparecer como un referente moral planetario, más evidencia su condición de actor secundario. No es una centralidad disputada, sino una centralidad imaginaria creada en los laboratorios de propaganda de Moncloa. España asiste, declara, protesta y se indigna, pero cada vez decide menos. Un país que no decide termina aceptando que otros lo hagan por él, convirtiéndose en un escenario retórico de causas ajenas mientras sus propios intereses estratégicos se marchitan por falta de atención y peso político real.

Sánchez ha convertido la irrelevancia en un método de supervivencia. Se rodea de líderes reciclados judicialmente y de figuras de la insurgencia porque son los únicos que no le exigen resultados, sino simplemente acompañamiento narrativo. Juntos forman la “cofradía de los reencarnados”, donde la impunidad se disfraza de virtud y el saqueo institucional de “justicia social”. Es una diplomacia de espejos donde el líder solo encuentra el reflejo de sus propias contradicciones, amplificado por la adulación de este catálogo de parias internacionales que necesitan el sello de España para validar su fango. El sanchismo ha sustituido la diplomacia de Estado por una suerte de taumaturgia de trinchera.

Mirar hacia otro lado
Pero la pregunta verdaderamente incómoda no debe dirigirse solo al presidente que prefiere la lisonja de tiranuelos antes que la exigencia de nuestros socios históricos. La interpelación final nos corresponde a nosotros como ciudadanos de una nación milenaria y con un gran peso en la historia mundial, que hoy asiste impávida a su propio borrado del mapa geopolítico.

¿Hasta cuándo vamos a tolerar que la grandeza histórica, la credibilidad institucional y el peso geopolítico de España se sacrifiquen en el altar de la propaganda? ¿Nos hemos acostumbrado tanto al espectáculo diario de la insignificancia que ya solo aspiramos a ser los espectadores complacientes de nuestra propia e irreversible irrelevancia? ¿Es el sectarismo ideológico más fuerte que la dignidad nacional?

Piénselo con detenimiento la próxima vez que vea una fotografía oficial cargada de sonrisas impostadas y apretones de manos vacíos. Porque cuando el humo de la pirotecnia de estas cumbres puramente simbólicas se disipe, lo que quedará en el suelo no será liderazgo ni prestigio, sino un país tristemente administrado por otros mientras nosotros nos dedicábamos a mirar cómodamente hacia otro lado sin actuar.

 El vacío que deja España en la mesa internacional no lo llenará el ruido estéril de Barcelona; solo certifica el tamaño de nuestra irrelevancia estratégica disfrazada de épica progresista. Es hora de decidir si queremos recuperar nuestra estatura o si aceptamos definitivamente el papel de decorado en la función de otros. España no merece ser el bufón de la geopolítica.
Saude Pavón @SaudePavon https://saudepavona.substack.com/
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Noticias Nacionales / Re:PSOE
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El Fetiche de la periferia: Sánchez y la liturgia de la insignificancia
10.04.2026.-

Si no estás en la mesa, eres parte del menú: la defunción estratégica de España ante el eje Washington-Londres-Berlín.

La pérdida del “mana” y el vacío del reconocimiento
Sánchez acumula exclusiones como medallas. Ormuz, Varsovia, G20. El mundo ya no le reserva silla. En geopolítica, el poder no se mide en posados ni en filtros de Instagram, sino en el reconocimiento de tus pares. Cuando te dejan fuera de las mesas donde se decide el destino del planeta no es un descuido burocrático; es un veredicto. En la arquitectura del prestigio internacional, la autoridad no se reclama a gritos desde un atril doméstico, sino que se concede mediante la invitación. Si no estás en la mesa, eres parte del menú, o simplemente, ya no existes en la ecuación de los que deciden.

La reciente ausencia de España en la cumbre organizada por Keir Starmer para abordar la seguridad en el estrecho de Ormuz no es un detalle menor. Que el Reino Unido convoque a los actores relevantes para proteger una arteria energética vital (por donde transita el crudo que mueve las economías occidentales) y decida que España no tiene nada que aportar, certifica nuestra defunción estratégica. Para los adultos de la escena internacional, el Gobierno de Sánchez ya no genera gravedad, solo ruido. Somos el invitado de relleno, útil para la foto de familia en citas multitudinarias, pero prescindible cuando se trata de ejecutar músculo político o inteligencia de seguridad.

Ormuz nos ningunea, Barcelona nos consuela
Este aislamiento no es fruto de una conspiración internacional, sino de un diagnóstico compartido por las cancillerías que aún conservan el sentido de la realidad. El mundo ha aprendido a leer el estilo de Sánchez como una mezcla de oportunismo y narcisismo. Un líder puede ser incómodo, como lo fue De Gaulle, y aun así ser respetado por su consistencia. Lo que no se perdona en el tablero internacional es la falta de fiabilidad. España ha pasado de ser un socio previsible a ocupar la categoría más humillante de la diplomacia, la de lo irrelevante. No somos un problema, ni un adversario; somos, simplemente, una nota al pie en los grandes dossieres de Washington, Londres o Berlín.

Ante el ninguneo sistemático en los foros donde se decide la seguridad atlántica o el orden comercial, el sanchismo ha optado por el refugio de la secta. En antropología política, cuando un jefe pierde el mana, esa aura de prestigio que le permite liderar al grupo, suele buscar refugio en ritos de sustitución. Si no te llaman para hablar de Ormuz o te excluyen de los formatos restringidos de Varsovia sobre la arquitectura de defensa en Ucrania, montas tu propio teatro en Barcelona. El Grupo de Puebla no es una plataforma diplomática de alto nivel; es una terapia de grupo para legitimidades fatigadas y liderazgos bajo sospecha judicial.

La elección de Barcelona como sede de este encuentro no es casualidad, sino una decisión cargada de simbolismo transgresor. La ciudad, degradada tras años de delirio procesista y convertida en un laboratorio de la desafección nacional, sirve de altar perfecto para una “internacional de la impugnación” donde se dan cita los huérfanos del prestigio global. Allí aparece Luiz Inácio Lula da Silva, el gran reciclado del relato redentor. Su figura encarna ese prodigio de la narrativa que permite convertir gigantescos expedientes judiciales y tramas de corrupción sistémica en una suerte de épica de resistencia popular contra un supuesto “lawfare”. Es el referente de una izquierda que ha sustituido la gestión por la hagiografía y la impunidad por la épica.

A su lado, Gustavo Petro aporta el toque de la insurgencia convertida en gobierno. El mandatario colombiano encarna esa peligrosa confusión entre la institucionalidad democrática y las estructuras de soberanía fragmentada, donde la “paz total” a menudo parece una claudicación ante los señores de la guerra y el narcotráfico. Sánchez necesita estos espejos rotos porque el mundo serio ya no le concede la autoridad que su ego reclama. Prefiere la lisonja de líderes que necesitan blanquear sus propias biografías antes que la fría exigencia de sus pares occidentales. Es el triunfo de la estética sobre la estrategia. Llamar “diplomacia Sur-Sur” a lo que no es más que un club de amigos que se reúnen para validarse mutuamente mientras orbitan fuera del centro de decisiones reales del planeta.

OTAN y Washington: El socio invisible
La exclusión de España de los círculos de confianza no es un fenómeno aislado de Oriente Medio o Iberoamérica; es una mancha de aceite que se extiende por toda nuestra política exterior. En la OTAN, España es vista con una mezcla de condescendencia y fatiga. Mientras nuestros aliados del flanco este realizan esfuerzos titánicos para rearmarse y blindar la frontera europea frente a la amenaza rusa, España se limita al cumplimiento mínimo, lastrada por una coalición de gobierno donde una parte simpatiza abiertamente con los intereses del agresor. Esta falta de consistencia estratégica explica por qué, en los momentos de máxima tensión, las potencias anglosajonas prefieren despachar los asuntos de seguridad en formatos reducidos donde la indiscreción táctica de Moncloa no pueda dinamitar la mesa de confianza.

La relación con los Estados Unidos ofrece otro retrato fidedigno de esta decadencia. Lejos de la sintonía estratégica necesaria entre aliados, la diplomacia sanchista se ha caracterizado por un persistente “postureo” que busca desesperadamente un apretón de manos casual o un paseo de escasos segundos por un pasillo para venderlo como un espaldarazo internacional que nunca llega. En Washington, se nos ve como un socio que no arrastra problemas insalvables, gracias a la utilidad geográfica de las bases de Rota y Morón, pero que tampoco aporta soluciones. Somos una pieza menos que prefiere alinearse con las pulsiones sentimentales de su ala radical antes que ejercer un liderazgo maduro y fiable en el Mediterráneo o en el norte de África. La pérdida de influencia en el Magreb, tras el bandazo con el Sáhara y la crisis con Argelia, es la prueba empírica de una política exterior que ha sacrificado el interés nacional por la supervivencia personal del líder.

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