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« Último mensaje por Saude Pavón en 24 horas »....El “ataúd” de tela y el feminismo de salón
La paradoja de la izquierda española se vuelve aún más flagrante si se la confronta con las voces de las mujeres de origen musulmán que han vivido bajo el yugo de estas prendas. Sihem Habchi, exdirectora del movimiento francés Ni putes ni soumises, definió el burka con una crudeza que debería avergonzar a nuestras ministras: Es “un ataúd” que representa “opresión e inhumanidad” y un medio violento de reducir a las mujeres a la nada (Habchi, cit. en Cohen – Almagor, 2021). No son palabras de la “extrema derecha”, sino de activistas que combaten la misoginia institucionalizada en los guetos europeos.
Frente a esta realidad de “ataúdes” de tela en la Castellana o en las Ramblas, la izquierda opone un relativismo patriarcal. Han sustituido la defensa de la mujer por el culto a las identidades colectivas. Bajo la excusa de no caer en el “paternalismo colonial” descrito Chandra Talpade Mohanty (1988; 2003), la izquierda ha terminado por validar el machismo más teocrático. Aceptan para las comunidades inmigrantes lo que jamás tolerarían para la mayoría autóctona. ¿Qué feminista seria puede defender un “uniforme” que invisibiliza a la mitad de la humanidad?”
La respuesta es que no hay feminismo en su voto, sino cálculo electoral y cobardía ideológica. Prefieren dejar a miles de mujeres sin el amparo de la ley nacional antes que enfrentarse al dogma de la “diversidad”. Como bien señalaba Fatima Mernissi (1991), el velo integral no es más que la victoria de la élite masculina sobre los derechos fundamentales, y hoy, esa élite tiene en la izquierda española a su mejor aliado táctico.
Seguridad, identidad y el espejo europeo
Más allá de la antropología, existe un núcleo de derecho público que la izquierda ha decidido ignorar: la seguridad ciudadana y la cohesión social. Vivimos en un Estado de Derecho donde la identificación es un pilar básico. No se trata solo de seguridad antiterrorista; se trata de igualdad ante la ley. No es admisible que un ciudadano deba identificarse para cualquier trámite administrativo mientras se permite que una ideología concreta exima a otros de mostrar su rostro.
España se está convirtiendo en la excepción de Europa, Francia, Bélgica, Austria, Dinamarca, Países Bajos, Alemania, Bulgaria, Suiza y Portugal ya han legislado contra el velo integral, entendiendo que el rostro descubierto es un mínimo civilizatorio irrenunciable. Esta tendencia continental no es un capricho político, sino una medida que cuenta con el respaldo jurídico de la máxima instancia garantista de nuestro entorno: El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). En sentencias clave como la del caso S.A.S contra Francia (2014), el alto tribunal dictaminó que la prohibición del velo integral es legítima y necesaria para preservar las condiciones de la “convivencia” o “vivir juntos” (vivre ensemble). El TEDH dejó claro que el rostro juega un papel mínimo e indispensable en la interacción social en las sociedades abiertas, validando que el Estado proteja el espacio público de símbolos que impiden la comunicación y el reconocimiento mutuo. La presencia de figuras completamente cubiertas introduce una asimetría radical: Todos los demás se muestran y se arriesgan a la mirada del otro, mientras quien porta el niqab permanece en un anonimato unilateral que rompe la confianza pública (Baehr, 2012).
El deber de recuperar el universalismo
Prohibir el burka o el niqab en espacios públicos no es un acto de intolerancia religiosa, sino una afirmación de mínimos democráticos: La cara descubierta como condición de igualdad, la no segregación radical de la mujer como principio irrenunciable y la negativa a normalizar símbolos de proyectos totalitarios.
La votación de la semana pasada revela que la izquierda española ha abdicado de su responsabilidad. Prefieren amparar la “reclusión portátil” de la mujer antes que admitir la validez de las propuestas de VOX y el PP. Ante esta claudicación, solo queda la recuperación de un universalismo exigente. No podemos aceptar que para ciertas mujeres la igualdad sea opcional o culturalmente relativa.
Decir no al burka es defender a la mujer de su desaparición civil. Es hora de recuperar la luz de la razón y de la identidad nacional, expulsando del debate público esa sábana del silencio que la izquierda nos quiere imponer.
Saude Pavón https://saudepavona.substack.com/
La paradoja de la izquierda española se vuelve aún más flagrante si se la confronta con las voces de las mujeres de origen musulmán que han vivido bajo el yugo de estas prendas. Sihem Habchi, exdirectora del movimiento francés Ni putes ni soumises, definió el burka con una crudeza que debería avergonzar a nuestras ministras: Es “un ataúd” que representa “opresión e inhumanidad” y un medio violento de reducir a las mujeres a la nada (Habchi, cit. en Cohen – Almagor, 2021). No son palabras de la “extrema derecha”, sino de activistas que combaten la misoginia institucionalizada en los guetos europeos.
Frente a esta realidad de “ataúdes” de tela en la Castellana o en las Ramblas, la izquierda opone un relativismo patriarcal. Han sustituido la defensa de la mujer por el culto a las identidades colectivas. Bajo la excusa de no caer en el “paternalismo colonial” descrito Chandra Talpade Mohanty (1988; 2003), la izquierda ha terminado por validar el machismo más teocrático. Aceptan para las comunidades inmigrantes lo que jamás tolerarían para la mayoría autóctona. ¿Qué feminista seria puede defender un “uniforme” que invisibiliza a la mitad de la humanidad?”
La respuesta es que no hay feminismo en su voto, sino cálculo electoral y cobardía ideológica. Prefieren dejar a miles de mujeres sin el amparo de la ley nacional antes que enfrentarse al dogma de la “diversidad”. Como bien señalaba Fatima Mernissi (1991), el velo integral no es más que la victoria de la élite masculina sobre los derechos fundamentales, y hoy, esa élite tiene en la izquierda española a su mejor aliado táctico.
Seguridad, identidad y el espejo europeo
Más allá de la antropología, existe un núcleo de derecho público que la izquierda ha decidido ignorar: la seguridad ciudadana y la cohesión social. Vivimos en un Estado de Derecho donde la identificación es un pilar básico. No se trata solo de seguridad antiterrorista; se trata de igualdad ante la ley. No es admisible que un ciudadano deba identificarse para cualquier trámite administrativo mientras se permite que una ideología concreta exima a otros de mostrar su rostro.
España se está convirtiendo en la excepción de Europa, Francia, Bélgica, Austria, Dinamarca, Países Bajos, Alemania, Bulgaria, Suiza y Portugal ya han legislado contra el velo integral, entendiendo que el rostro descubierto es un mínimo civilizatorio irrenunciable. Esta tendencia continental no es un capricho político, sino una medida que cuenta con el respaldo jurídico de la máxima instancia garantista de nuestro entorno: El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). En sentencias clave como la del caso S.A.S contra Francia (2014), el alto tribunal dictaminó que la prohibición del velo integral es legítima y necesaria para preservar las condiciones de la “convivencia” o “vivir juntos” (vivre ensemble). El TEDH dejó claro que el rostro juega un papel mínimo e indispensable en la interacción social en las sociedades abiertas, validando que el Estado proteja el espacio público de símbolos que impiden la comunicación y el reconocimiento mutuo. La presencia de figuras completamente cubiertas introduce una asimetría radical: Todos los demás se muestran y se arriesgan a la mirada del otro, mientras quien porta el niqab permanece en un anonimato unilateral que rompe la confianza pública (Baehr, 2012).
El deber de recuperar el universalismo
Prohibir el burka o el niqab en espacios públicos no es un acto de intolerancia religiosa, sino una afirmación de mínimos democráticos: La cara descubierta como condición de igualdad, la no segregación radical de la mujer como principio irrenunciable y la negativa a normalizar símbolos de proyectos totalitarios.
La votación de la semana pasada revela que la izquierda española ha abdicado de su responsabilidad. Prefieren amparar la “reclusión portátil” de la mujer antes que admitir la validez de las propuestas de VOX y el PP. Ante esta claudicación, solo queda la recuperación de un universalismo exigente. No podemos aceptar que para ciertas mujeres la igualdad sea opcional o culturalmente relativa.
Decir no al burka es defender a la mujer de su desaparición civil. Es hora de recuperar la luz de la razón y de la identidad nacional, expulsando del debate público esa sábana del silencio que la izquierda nos quiere imponer.
Saude Pavón https://saudepavona.substack.com/
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